Hablamos de refugio, de personas refugiadas. De cifras que cruzan las fronteras, de valores numéricos que saltan una valla, de porcentajes que huyen, de estadísticas que ahora forman parte del fondo del mar. Y así se reduce sistemáticamente el valor de una vida; a un simple número que toma protagonismo en las noticias; que acaban dejando un sabor amargo con regusto a invasión y a apropiación de lo no correspondido. Se olvida que detrás de cada número hay o había una persona, una vida. Y a veces se olvida también que esta es tan valiosa como la nuestra.

Personas con vidas, con sueños y metas que alcanzar, con familias que dejan atrás o con familias que también se ven obligadas a huir, y es “que nadie sube a sus hijos a un barco a menos que el agua sea más segura que la tierra”. Porque también parece que se olvida que los motivos por los que huyen son superiores a las ganas de querer quedarse, porque “solo dejas tu hogar cuando tu hogar ya no te deja estar”. Hijos e hijas que desaparecen, y padres que desde el otro lado esperan con angustia noticias del que se fue huyendo.

Conflictos que les cierran las puertas, que les obligan a olvidarse de quienes son. Almas repletas de coraje. Viajes cargados de violaciones de los derechos humanos que les llevan de una frontera a otra. Días, semanas, meses, años de miedo e incertidumbre. Millas de lucha y supervivencia, realidades que les empujan al borde del precipicio, y a veces al abismo. Necesidades básicas que no pueden ser cubiertas. Necesidades que desde nuestra comodidad se ven lejanas.

Pero alcanzar Europa no suele ser sinónimo de alcanzar la meta. Las complicaciones se suceden y a los discursos xenófobos les crecen alas para volar y pies de hierro para quedarse. Pero siempre hay quien apuesta por la lucha de los derechos humanos, por la igualdad, por ir más allá, por recordar que hoy son ellos pero ayer fuimos nosotros; por romper las fronteras imaginarias que se levantan por un color de piel, una cultura, una religión; tabiques invisibles que nos separan del otro por miedo a lo desconocido. Pero también hay quien no tiene miedo a estas barreras y si lo tuvo se enfrentó a él para aceptar que la diferencia también enriquece.

Veo en sus ojos dolor, dolor de un pasado que todavía les pesa. Un pasado que no es tan fácil de olvidar, y que cuesta sanar. Un pasado que les visita por las noches rompiendo sus sueños y devolviéndoles al presente. Aunque también les visita despiertos por mucho que quieran esconderse. Pero también veo esperanza, ganas de salir adelante. De aprovechar una oportunidad. Ganas de querer formar parte de la sociedad, esa misma que en ocasiones les da la espalda. Ganas de aprender una nueva lengua. Ganas de querer sentirse incluidos e integrados. Ganas de poder aportar y sentirse valorados.  Ganas de querer dejar de ser un número. Simplemente ganas de volver a ser.

Patricia Manini Ramos