El diagnóstico de VIH sigue teniendo un fuerte impacto emocional debido al estigma que aún lo rodea. Cuando este diagnóstico coincide con un proceso migratorio, las dificultades pueden multiplicarse.
Las personas migrantes con VIH enfrentan una doble vulnerabilidad: por un lado, el duelo, la adaptación y, en algunos casos, el trauma asociados a migrar; por otro, el proceso emocional que implica vivir con VIH. Ambos procesos comparten experiencias como la pérdida, la incertidumbre o la reconstrucción de la identidad .
Además, factores como la falta de información, las barreras culturales o lingüísticas, la ausencia de redes de apoyo o determinadas creencias sociales y religiosas pueden intensificar el estigma y dificultar la adaptación al diagnóstico.
Por ello, es clave avanzar hacia una atención que no solo aborde lo médico, sino también lo emocional y social. Reducir el estigma, mejorar el acceso a la información y ofrecer una atención culturalmente adaptada son pasos fundamentales para garantizar una mejor calidad de vida.
